• 17 abril, 2021

La autoridad, singularidad y fiabilidad bíblica

Feb 27, 2021

Sin el menor riesgo de equivocarnos, podemos decir que La Biblia debe ser el libro más atacado, debatido, refutado y subestimado de la historia de la humanidad.

Han sido milenios de objeciones y críticas por parte de generaciones que le han declarado la guerra a su contenido desde todos los ángulos imaginables, con un nivel de ensañamiento jamás visto contra obra alguna.

Es significativo que muchos de sus más célebres detractores, como Voltaire, Bertrand Russell, Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Karl Marx, Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud y una multitud de enemigos de la Palabra, le hayan destinado su desprecio y burlas más ingeniosas; en casi todos los casos, sin siquiera haber tenido la honestidad intelectual de leerla (o tratar de entenderla), como se desprende de sus propias expresiones.

La rebelión también hizo pie en las instituciones: La política, los que hacen las leyes o la administran, las academias, la educación en general y las universidades en particular le han presentado batalla y la han prohibido en sus asociaciones, cátedras, aulas y oficinas.

Otra manera de deshonrarla ha sido usándola como excusa para conquistar, saquear, perseguir, imponer, esclavizar y matar y –aún hoy- retorciéndola de manera engañosa, para robar dinero y almas.
Pero la palabra de Dios se ha plantado victoriosa ante todas las corrientes interpretativas y movimientos escolásticos, antroposóficos, transhumanistas, cientificistas, filosóficos, gnósticos, ideologías y todo género de colectivos de intereses que han retado sus enseñanzas.Todos tienen algo que decir sobre la Palabra de Dios. Algo en contra, por supuesto, y se han animado a rechazar el 80% de las enseñanzas y revelaciones de Jesucristo y la totalidad de las incluidas en el libro de Apocalipsis.

En cuanto al campo científico, archienemigo de Dios desde el Renacimiento, lo que cree u opina acerca de lo divino, no tiene por qué tener relación alguna con Su existencia. Las creencias no son válidas según quien las tenga. Son verdades porque se corresponden con la realidad. Los científicos no tienen más experiencia o autoridad en la realidad de la existencia de Dios o la validez de su Palabra que cualquier persona -instruida o no. Ha carecido de honestidad intelectual ante las abrumadoras e incontestables evidencias disponibles sobre el diseño y propósito de la Creación,que se niegan a aceptar casi unánimemente. Las primeras derrotadas por el afán científico no han sido la ignorancia ni la superstición, sino la humildad y el respeto.El espíritu griego resiste lo sobrenatural; niega, desecha u omite aquello que no puede explicar. Está claro que el deseo de saber no garantiza la capacidad de entender.

Siguiendo con los ejemplos, la Psicología –por su parte- asume que la Palabra de Dios no tiene nada que ofrecer para los problemas arraigados en la persona, que solo podrán ser resueltos mediante tratamiento psicoterapéutico. También afirma que la guía Cristo-céntrica de las Escrituras, la oración y el Espíritu Santo son recursos simplistas e inapropiados para solucionar problemas mentales y considera a la fe un “comportamiento supersticioso” y un “autoengaño”.Todo en palabras de su creador.
Cada una de esas corrientes de pensamiento se encuentra actualmente enredada en sus propias contradicciones, desactualizadas, inconclusas, agonizantes, extinguidas u olvidadas, mientras la Biblia sigue firme como una roca.

Cualquier cosa, menos La Biblia.
En comparación, el Corán, el Talmud (La Biblia paralela de los hebreos);los Vedas y demás libros sagrados de los hinduistas; los cuatro libros del confucianismo y los dos de los sintoístas; el I Ching; el catecismo católico o La Biblia Satánica de AntonLaVey, no han recibido ni siquiera una atención mínima, al menos en occidente.
Las profecías apocalípticas del Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas, de Nostradamus o de algunos astrólogos, han sido objeto de más credibilidad que las bíblicas, incluso a nivel informativo, literario y cinematográfico. A propósito de este último campo, junto a la televisión y las redes sociales, ha sido una de las herramientas predilectas para burlarse de La Biblia y de sus seguidores.
En materia de principios espirituales, morales y éticos, la humanidad le ha otorgado mayor valor a los coloridos aforismos de El Principito de Saint-Exupéry; la Divina Comedia de Dante; el Quijote de Cervantes; El príncipe de Maquivelo; El arte de la guerra de SunTzú; la dramaturgia de Shakespeare o las obras de Homero, que a la incontestable sabiduría de Jesucristo. A los primeros se los considera referentes indispensables del ingenio y la erudición de las civilizaciones; al segundo se le discute hasta su propia existencia.
Pero, hay algo que -aparte de su abrumadora autoridad espiritual- La Biblia tiene y todos los demás no: la razón y las estadísticas de su lado. Los mismos parámetros que el mundo suele usar como respaldo científico, racional, verificable y seguro, le dan a La Biblia un rango único.

Única e irrepetible.
Fue escrita en un período de 1.600 años, durante 60 generaciones, en tres continentes (Asia, África y Europa); en tres idiomas: hebreo, arameo y griego y por 40 autores, entre campesinos, pescadores, esclavos, funcionarios, guerreros, pastores, reyes, un médico, un recaudador de impuestos y otros, en contextos de prisiones, persecuciones, desiertos, palacios, islas, viajes o en medio de la guerra.
Afirma ser la palabra de Dios y lo hace de manera coherente, clara y reiterada, relatando la intervención divina en más de 3.800 ocasiones, desde el origen, diseño y propósito del universo, del mundo y de toda vida hasta el plan divino de salvación del ser humano, que no se contradice en los 66 libros de su canon.
Afirma de manera concluyente su autoridad divina y suficiencia (2 Pedro 1:20-21; 2 Timoteo 3:16-17 y muchos más).
Afirma tener autoridad profética en temas donde la probabilidad estadística de acertar es de una entre trillones. Pero ha acertado por milenios y sigue acertando, según lo confirma hasta el campo científico, muy a su pesar. Más de 200 profecías en la Biblia se han cumplido con exactitud en el tiempo, forma y circunstancias en que se predijo que se cumplirían.
No contiene mitos ni leyendas; pero sí un relato que refleja cada uno de sus protagonistas en toda la dimensión de sus defectos y virtudes humanas.
Jamás se le practicaron actualizaciones, retoques, supresiones ni enmiendas.
Podríamos decir que es una obra a prueba de todo, sin parangón.

La Biblia abruma.
Es el libro más traducido, más publicado,mejor distribuido, más vendido y regalado de la historia, hecho que se acrecienta por su antigüedad.Solo las sociedades bíblicas distribuyen aproximadamente 600 millones de ejemplares cada año.
Tiene una presencia abrumadora en Internet y en la telefonía móvil. Sus posibilidades de acceso son inmediatas y universales. A esa facilidad, podemos agregar su difusión intensiva a través de la hermenéutica, la exegética y la apologética; prédicas, estudios, investigaciones, ensayos, artículos y documentales, en los sistemas de redes sociales, cine, televisión, radio y publicaciones de la más diversa naturaleza.
Independiente del grado de aprobación que se pudiera tener sobre sus contenidos, nadie podrá negar su accesibilidad, lo que la hace incomparable con cualquier otra obra, sagrada o secular.
Ha sido traducida a más de 450 idiomas y dialectos de forma completa y a más de 2.000 de forma parcial, lo que la convierte en el libro más traducido de la historia. Incluso, muchas lenguas en peligro de extinción tienen en La Biblia su única obra escrita existente.
Las consulta por temas bíblicos en Internet, compiten con cualquier otro tema, incluyendo noticias, música, literatura, ciencias, política, cine, juegos, curiosidades y entretenimiento. E insistimos, considerando su antigüedad, eso dice mucho sobre su trascendencia.
Se cumple así una profecía del propio Jesucristo, como parte de su extenso enunciado de señales del fin de los tiempos.“Y será predicado este Evangelio del Reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14).

Fiabilidad Paleográfica, Codicológica y Filológica.
No existe obra, desde la invención de la escritura hasta la creación de la imprenta, que haya acumulado la cantidad de manuscritos que posee La Biblia.
La diferencia de cantidad de manuscritos existentes es abrumadora en comparación con las obras de los más célebres escritores de la antigüedad como Platón, Aristóteles, Herodoto u Homero, cuya legitimidad y exactitud jamás se discute, dicho sea de paso.
Según los expertos, disponemos de tres indicadores para determinar la confiabilidad textual de una obra anterior a la imprenta: 1) midiendo el tiempo entre la composición original y copias de los manuscritos más antiguos existentes; 2) contar el número de copias de los manuscritos existentes y 3) el número de discrepancias entre las copias. Estos indicadores se refieren a cualquier escritura antigua.
Autor Cuando fue escrito Copia más temprana Lapso de tiempo entre original y copias # de copias
existentes
César 50 AC 900 DC 950 10
Platón 350 AC 900 DC 1.250 7
Aristóteles 300 AC 1.100 DC 1.400 5
Tucídides 400 AC 900 DC 1.400 8
Herodoto 400 AC 900 DC 1.300 8
Sófocles 400 AC 1.000 DC 1.400 100
Tácito 100 DC 1.100 DC 1.200 20
Plinio 100 DC 850 DC 950 7

Estos escritores son algunos de los principales autores clásicos antiguos, cuyas obras han contribuido al desarrollo de la civilización occidental, ya que son contenidos aceptados y utilizados por universidades de todo el mundo.
Consideremos, por ejemplo, que tan solo del Nuevo Testamento existen 118 papiros, 3.000 documentos y 2.400 leccionarios. Incluyendo los fragmentos, se podría redondear el número a unos 5.500 manuscritos antiguos escritos en griego.
Además, existen alrededor de 10,000 copias antiguas de la Biblia en latín, cuyos orígenes se remontan al segundo siglo de nuestra era. Si se juntan con las traducciones antiguas al latín, copto y siriaco, existen entre 15 y 20 mil copias.
Esta multitud de manuscritos antiguos son evidencia más que suficiente de que Dios se encargó de preservar la totalidad de su Palabra. Y aunque hay variaciones entre ellos, éstas no representan el 1% del total de su contenido, por lo que su unidad es impresionante.
Las casi inexistentes discrepancias entre las copias del NT son eso: Casi inexistentes. Tienen que ver con errores ortográficos y de puntuación muy comunes y no alteran alguna doctrina cristiana.

Otra fuente de fiabilidad bíblica son las citas de los patriarcas de la iglesia: Justino Mártir, Ireneo, Clemente Alejandro, Orígenes, Tertuliano, Hipólito, Eusebio y otros, quienes incluyen en sus escritos más de 36.000 menciones literales de los Evangelios, las cartas paulinas, el libro de Hechos, las Revelaciones y otras epístolas.

Los eruditos más conservadores estiman que el libro de Génesis, el primer libro de la Biblia, fue escrito por Moisés alrededor del año 1445-1405 A. C. Eso quiere decir que canon bíblico comenzó a ser escrito hace aproximadamente 3.500 años.

En el Nuevo Testamento, el libro de Santiago se considera el primero en ser escrito, en el 44-49 de nuestra era y Apocalipsis el último, en el 94-96 D.C. Por lo tanto, el último libro de la Biblia se escribió hace aproximadamente 1.900 años.

El texto de la Biblia está muy bien establecido y la ciencia de la Crítica Textual se ha encargado de recopilar la gran mayoría de los manuscritos en existencia, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo para –a partir de allí- traducir la Biblia a incontables idiomas, como ya dijimos.
En consecuencia, La Biblia es el documento histórico más confiable conocido por la humanidad. De hecho, ofrece más pruebas de la veracidad de los hechos del Evangelio y la persona de Jesús, que las disponibles sobre la existencia de Shakespeare, Homero, Sócrates, Pitágoras, el rey Arturo, Juana de Arco, Robin Hood y un largo etcétera.

La Biblia y los clásicos.
Proponemos tomar los casos de algunas obras de autores célebres, cúspides literarias de gran influencia universal y contrastarlos con La Biblia, en cuanto a fiabilidad.
La Ilíada y La odisea de Homero.
Homero (siglo VIII A.C.) es el nombre dado al poeta a quien tradicionalmente se atribuye la autoría de los principales poemas épicos griegos: la Ilíada y la Odisea. Sin embargo, desde el período helenístico se viene cuestionado que el autor de ambas obras -de haber existido-sea la misma persona, sin poner en duda de que se trataban de relatos históricos reales, mezclados con elementos mitológicos.

La autoría homérica está sostenida solo en testimonios y tradiciones.
La Ilíada, en particular, es el segundo texto antiguo mejor preservado de la historia y solo sobreviven 643 copias, de las cuales, las más antiguas están fechadas 5 siglos después de los escritos originales.
Una peculiaridad notoria: el episodio del Caballo de Troya, sin dudas el más citado de aquella confrontación, ni siquiera pertenece a la Ilíada, sino que es vagamente mencionada en La Odisea y luego desarrollado en La Eneida de Virgilio, escrita en el siglo ɪ A.C., o sea unos 500 años más tarde.
La Ilíada y la Odisea son los pilares sobre el que se apoya la épica grecolatina y, por ende, la literatura occidental. Han sido traducidas a más de 50 idiomas, aunque su influencia se ha visto más reflejada en adaptaciones y versiones en prosa, verso, teatro, cine, televisión e historieta.

El Cantar del Mío Cid.
Esta obra anónima, del año 1.200, es unánimemente reconocida como la primera en idioma castellano. Existe un ejemplar original único, que se encuentra en la Biblioteca Nacional en Madrid.
Las primeras reproducciones impresas distan siglos de esa versión, ya que no existen otras copias manuscritas completas, solo hay muy escasas referencias de otros autores y la imprenta de tipos móviles de occidente fue inventada en el año 1.440.

El Quijote de Cervantes.
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, del español Miguel de Cervantes Saavedra, fue publicada por primera vez en 1605 y traducida a más de 140 idiomas. Es la obra más destacada de la literatura española y una de las principales de la literatura universal, además de ser la más leída después de la Biblia.
Pero el texto impreso del Quijote era muy distinto del que salió de la pluma de Cervantes. En el Siglo de Oro, los manuscritos de los autores no estaban disponibles para los tipógrafos. En todos los casos, lo que se manejaba era el texto puesto en limpio por un amanuense profesional, después de haber sido enviado al Consejo de Castilla para su aprobación. Por su parte, los impresores no se ajustaban a ninguna regularidad gráfica e ignoraban casi por completo la puntuación, la acentuación y la ortografía.
La primera edición del Quijote, impresa apresuradamente en menos de sesenta días, no puede, de ningún modo, ser considerada como el mismo texto que escribió Cervantes, haciendo caer el mito de la primera edición como texto literal.

Los propios hermeneutas reconocen que de nada serviría contar con un impreso original de la obra, para poner al lector frente al texto que la pluma de Cervantes trazó en cuadernos y hojas sueltas a lo largo de los años.

Shakespeare a escena.
El “First Folio” (Primer Folio o Primera Publicación) de Shakespeare, se considera una de las colecciones de literatura más importantes en lengua inglesa. Las 36 obras, publicadas en 1.623, poco después de la muerte del dramaturgo, son una de las cinco copias completas existentes.
Aunque más tarde se produjeron un total de alrededor de 750 copias del folio, se sabe que solo 235 han sobrevivido hasta el día de hoy. De estos, solo 56 se consideran completas que están en manos privadas y de instituciones en EE.UU. y el Reino Unido.

Shakespeare es considerado el escritor más importante en lengua inglesa, uno de los más célebres de la literatura universal y de los más citados, parafraseados y estudiado de la historia. En promedio, sus trabajos han sido traducidas a un centenar de idiomas.

Pese a todo lo anterior, las obras a las que nos referimos, son consideradas clásicas, cumbres literarias, que son estudiadas en las universidades del mundo y no reciben mayores objeciones sobre la fiabilidad sus contenidos.

Intento de conclusión.
Los que consideran intrascendente a La Biblia debieran preguntarse: ¿Por qué provoca tan feroz resistencia en algunos, mientras otros la sirven y defienden hasta con su propia vida? ¿Con qué otra obra existente pasa eso?
La Biblia es un libro que lee al hombre. Es tan sublime, poderosa, reveladora,firme y sincera en todo lo que dice, que la explicación de su esencia no puede ser otra que sobrenatural y divina.
Las evidencias de su confiabilidad son tan abrumadoramente conclusivas, que deberían satisfacer a cualquier bien intencionado buscador de la verdad.
La Palabra de Dios, como fuente de Verdad, se justifica a sí misma y provee una base cierta, sólida, inamovible y suficiente para la fe. Y la fe cristiana es fe en Cristo, cuyo valor no está en el que cree, sino en Quién se cree. No en el que confía, sino en Quién se confía. Principios que solo pueden sostenerse en la fiabilidad de la fuente.

C.C.

Nota:
Paleografía: Técnica que consiste en determinar el lugar del que proceden y el período histórico en el que fueron escritos documentos, inscripciones y textos antiguos.
Filología: Ciencia que estudia los textos escritos y, en ellos, la estructura y la evolución de una lengua y su desarrollo histórico y literario, así como la literatura y la cultura del pueblo o grupo de pueblos que los han producido.
Codicología: Disciplina que estudia los libros como objetos físicos, especialmente los manuscritos en piedra, arcilla, cuero, papiro, pergamino, papel u otros soportes antiguos. En sus investigaciones, aplica los últimos avances científicos y tecnológicos.
Crítica Textual: Es una rama de la erudición textual, la filología y la crítica literaria, que se ocupa de la identificación de variantes textuales en manuscritos o libros impresos.