• 5 diciembre, 2021

Los que se enorgullecen de su degradación

Oct 1, 2021

Muchos se preguntan por qué el verdadero pueblo de Dios presenta hoy una lucha espiritual tan directa ante la homosexualidad.

La respuesta es bastante sencilla: basta ver en los Medios de Comunicación el avivamiento del relato de identidad de género, que viene asociado a otras reclamaciones como el derecho a abortar, el matrimonio gay, facilidades del Estado para el cambio de sexo, la adopción homo-parental, la legalización de la eutanasia, la flexibilización de las leyes sobre el consumo de estupefacientes, pedofilia, zoofilia y demás.

Abiertamente, fuertes corrientes de opinión -encabezadas por los colectivos LGTBQ+, el negocio del espectáculo, corporaciones de Medios y farmacéuticas, incontables celebridades y sectores de la política y universidades- han formado una vasta alianza que busca formar opinión en favor de esas tendencias.

No hay antecedentes históricos de alguna otra corriente que haya alcanzado la visibilidad e influencia de los homosexuales. No ha habido otra postura moral que haya buscado justificación como lo hacen ellos. ¿O acaso conoce usted algún precedente donde apostadores, alcohólicos, fumadores, drogadictos, adictos a la pornografía y a los video-juegos, estafadores, adúlteros, violentos, codiciosos, evasores, hackers, onanistas y otros se hayan organizado para salir a justificar su modo de vida, que se hayan enorgullecido de sus conductas, hayan tratado de legalizarlas e imponerlas o hayan reclamado el derecho de enseñarlas en las escuelas?

Ninguno de ellos, jamás antes. Todo lo contrario: han escondido y hasta negado sus inclinaciones. No han buscado legitimación, visibilidad ni aceptación.

Y esa ha sido la diferencia central de cualquier grupo de interés con los colectivos homosexuales: éstos son los únicos que se enorgullecen de su condición. Son los únicos que llaman virtud al error. Son los únicos que hacen lobbies políticos, reclaman espacios laborales, cupos y subvenciones, buscan cambiar el lenguaje, crean clubes y organizaciones, hacen desfiles en todo el mundo para sacar a relucir lo que venían haciendo a escondidas; exhiben sus carrozas, su música, disfraces y su vergonzoso descontrol.

Los mismos esclavos de pasiones, que viven atormentados por sus conductas y no tienen paz en sus mentes ni en sus cuerpos. Los mismos que viven bajo terapia psicológica, luchan por evangelizar a los demás (sobre todo a los menores) para que adopten sus costumbres. ¿Conoce usted a otros que se organicen para vivir según sus pasiones extraviadas, en una espiral de histeria, insatisfacción y frustración irremediable disfrazada de dicha?

Los homosexuales se enorgullecen de su estilo de vida y lo presentan ante los niños como modelos a seguir. Con la aprobación del Estado, enseñan en las escuelas programas para descubrir la desnudez, besarse, masturbarse, maquillarse, vestirse como el sexo opuesto, cambiarse de nombre y aceptar el erotismo más el fomento de faltas contra el pudor, mediante innecesarias “exploraciones” y “estímulos”. Si cree que se trata de una exageración, solo consulte la currícula y manuales de la ESI o vea las imágenes que proliferan en Internet de transformistas o drag queen (hombres disfrazados de mujer) impartiendo clases en las aulas de nivel inicial y primario en todo el mundo.

La autoridad para enseñar los “valores” y el modo de vida homosexual en las escuelas, proviene de lo más oscuro de la política y la presión mediática, no son derechos ganados mediante solvencia ética y moral o por la necesidad de desarrollar nuevas herramientas educativas o llenar vacíos pedagógicos. No son más que la evidencia de una sociedad decadente en caída libre.

Quienes le hagan frente a este libertinaje, que disfraza de felicidad, auto realización, plenitud y diversión lo que no es más que esclavitud, se enfrentarán a no pocos problemas con la ley, créase o no.

De pronto, algunos Estados, organizaciones e ideologías usurpan el derecho de los padres a educar y criar a sus hijos de acuerdo con valores, creencias y responsabilidades cristianas, pisoteando derechos consagrados en la mayoría de las constituciones, en dictámenes de Organismos Internacionales y en la Sagrada Palabra de Dios.

La falacia del gen gay

La comunidad gay se presentó en sociedad en los ’70, denunciando haber sido discriminada, perseguida e incomprendida históricamente; después pidió tolerancia; más tarde exigió respeto; luego lograron modificar las leyes; ahora pretenden adoctrinar a menores de edad.

La agenda LGTBIQ+ comenzó con un grupo que se sintió ofendido, hasta alcanzar la categoría de mártires vocacionales. Pero en el camino de sus logros políticos y mediáticos, viene fracasando hace más de medio siglo en hallar el famoso “ADN gay” que jamás apareció; solo lograron –mediante enorme presión- que la Asociación Norteamericana de Psiquiatría retirara de sus nomencladores la calificación de “trastorno” para la homosexualidad.

Emprendieron todo género de búsquedas genéticas, hereditarias, hormonales, antropológicas, psicológicas, sociológicas, evolutivas, históricas, filosóficas y lingüísticas, siempre detrás de lo mismo: construir argumentos liberadores de sus conciencias, que les permitan afirmar: No fue mi decisión, yo no elegí; por consiguiente, no es mi culpa. El santo grial de la justificación y la exculpación.

Pero ninguna investigación, estudio, razonamiento, teoría, hipótesis, conjetura, debate, argucia o argumento podrá modificar la genuina obra de Dios, que creó al hombre y a la mujer. No creó “géneros”. Solo dos sexos, definidos por cada célula humana y no solo por los genitales. Puro diseño biológico. Y a cada sexo le dio roles, funciones y propósitos bien claros, con las debidas instrucciones de lo que Él considera que está bien y lo que está mal. También nos regaló el libre albedrío e hicimos lo que venimos haciendo desde los tiempos de Adán. Sabemos que hay un Dios, sabemos dónde encontrar su voluntad, pero pretendemos vivir como si no lo supiéramos o no nos importara.

Gran parte del éxito de estos colectivos ha estado en la astucia de ofenderse primero. De victimizarse e ir implantando una conciencia culpable en el prójimo, lo que -sumado a la falacias como que algunos ya son así de nacimiento o de chiquitos, no eligen ser gays o lesbianas– hacen que se pierda de vista el tema central: que la vida homosexual es, del lado que se mire, una decisión deliberada, intencional, personal, indiscutiblemente voluntaria y contraria al mandato de Dios. Punto.

Vienen por todo

Han logrado cambiar las leyes. El cambio de identidad sexual y el matrimonio homosexual ya cuentan con aceptación legal en casi todos los países del mundo. Las legislaciones ya reconocen derechos y hasta patrocinan a personas transexuales, intersexuales, marevique (inconformistas), bigénero, trigénero, pangénero, género fluído, agénero y queer, en una amplia paleta de “identidades” que se subdivide y amplía a ritmo alarmante, montados en postulados como la “deconstrucción de estereotipos” y la “identidad de género”, que no es otra cosa que la auto-percepción de uno mismo como ser sexual; o sea, cómo vivimos y sentimos nuestro cuerpo desde la experiencia personal y cómo lo llevamos al ámbito público. Una forma individual e interna de vivir el género, la cual podría o no corresponder con el sexo con el que nacimos.

Habiendo alcanzado ese punto, ahora vienen por una nueva interpretación de Las Escrituras o, si alcanza el envión, actualizarla un poco, como lo demuestra la súbita aparición en los Medios y redes de supuestos filólogos, paleógrafos y hermeneutas, en su mayoría adolescentes, feministas y activistas de género e influencers quienes, valiéndose de argumentos como malas traducciones, revisión de contextos, visión inclusiva y otros sofismas, salen a refutar los contenidos bíblicos, concepto por concepto, palabra por palabra. Ya lograron torcer las leyes del hombre, ahora van por las de Dios.

Podemos encontrar en Internet un sinnúmero de sospechosos estudios, investigaciones y ensayos que, con aires de autoridad exegética, llegan a conclusiones falaces como que Jesucristo convalidó la homosexualidad mediante no mencionarla puntualmente, que “el pecado de Sodoma” se refiere a faltas a las reglas de hospitalidad de aquella época, que todos somos hijos de Dios o que nadie irá al infierno porque tal sitio no existe.

¿Conoce usted algún otro colectivo que muestre similar empeño en cambiar las Sagradas Escrituras, retorciendo o suprimiendo contenidos que lo acuse o incomode? ¿Qué otra corriente de pensamiento ha buscado desnaturalizar la definición del matrimonio (primera institución creada por Dios) y de la familia (base fundacional de toda civilización)?

No hay precedentes de otra “agenda” que haya pretendido deconstruir (corromper) la dignidad -tanto masculina como femenina- del matrimonio o de la familia, dadas por Dios.

Ninguna de ellas es una “construcción” social o cultural. Sus alteraciones deliberadas lo son.

Como defensa, un buen ataque

Pero hay que reconocer la astucia de los enemigos del Evangelio. Como las leyes actuales protegen la libertad de culto (al menos por ahora), han inventado la figura de los haters.

El término haters es una nueva expresión, procedente de la lengua inglesa, que podría traducirse como “odiadores” o “los que odian”. Hace alusión a quienes expresan -de manera constante – enemistad, rechazo u hostilidad hacia otra persona, grupos o asunto en particular.

Montados sobre este invento lingüístico, algunos gobiernos europeos están censurando, multando y encarcelando a líderes de iglesias protestantes que se atreven a predicar sobre la homosexualidad desde una perspectiva bíblica o se niegan a bautizar, casar o bendecir la relación de personas del mismo sexo.

Esta corriente se apoya en las nuevas legislaciones sobre identidad de género, lenguaje inclusivo, matrimonio igualitario, adopción homo-parental, educación sexual igualitaria obligatoria, inclusión transgénero y otras en favor de minorías, que contemplan fuertes medidas contra aquellos que presentan objeciones morales, etiquetándolos de homofóbicos, inquisidores, maniqueos, fundamentalistas, fanáticos, retrógrados, intolerantes, tóxicos y/o voceros de odio.

Cualquier similitud con la actual cacería legal de jueces que no quieren casar parejas del mismo sexo o médicos que se niegan a practicar abortos, NO es coincidencia.

Como no pueden silenciar a los que sostenemos el principio de las dos vidas, la familia tradicional, la determinación de la sexualidad mediante la biología y reafirmamos el derecho de los padres de orientar la sexualidad de sus hijos hasta la mayoría de edad, han pasado a llamarnos aborrecedores de la humanidad.

Entonces, las advertencias judiciales, arrestos y condenas de carácter penal no son contra un credo, sino en razón del “discurso de odio”; un equivalente de la figura jurídica del negacionismo contra el holocausto del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial, que se practica en 17 países de la Unión Europea, con penas de 1 a 5 años de prisión para quienes nieguen, hagan apología o hasta investiguen los crímenes de guerra nazis.

Aunque parezca increíble, el Pueblo de Dios está siendo encasillado en esa categoría, ya que funda su doctrina en contenidos bíblicos, que condenan inequívocamente cualquier tipo de práctica homosexual o el bestialismo en Génesis 19:1-11; Levítico 18:22 y 20:13; Deuteronomio 22: 5 y 23:17; Jueces 19:16-24; 1 Reyes 14:24, 15:11-12 y 22:43-46; 2 Reyes 23:3-7; Romanos 1:26-27; 1 Corintios 6:9-10; Efesios 5:5; 1 Timoteo 1:9-10; Hebreos 13:4; Judas 7 y Apocalipsis 21:8 y 22:15, entre muchas otras enseñanzas puntuales.

No falta mucho para que todo el mundo evangélico sea obligado -por ley- a callar en los púlpitos, escuelas bíblicas, seminarios, discipulados y cualquier tipo de enseñanza o postura frente a esos temas, bajo pena de suspensión de funciones, clausura, multas y/o prisión. Mediante coacción, han logrado que las leyes amordacen a los que los llaman al arrepentimiento mediante La Palabra de Dios.

O sea, han conseguido que, funcionarios juramentados sobre una Biblia, se ocupen de que no se cumpla lo que en ella está escrito, estableciendo una desconcertante paradoja.

Una situación insólita, ya que hasta para negarse a ser reclutado para ir a la guerra existe la figura legal de objetor de conciencia; pero para objeciones morales fundadas en enseñanzas milenarias (que son la base doctrinal para más de 2.500 millones creyentes en el mundo), no hay protección.

Por la fuerza, se nos está imponiendo renunciar a las verdades incontestables de nuestro libro sagrado, porque incomodamos a una minoría con mucha influencia entre los poderosos.

Mientras, los verdaderos odiadores, como ciertos productores y guionistas de cine y televisión, dramaturgos, comunicadores, entretenedores, políticos, activistas, intelectuales, actores, literatos, científicos, filósofos, psicólogos, influencers y demás, denigran, niegan, rechazan y hasta acosan a quienes profesan el Evangelio, sin exponerse a ningún tipo de represalia.

Ellos sí podrán seguir ultrajando libremente a Dios, a Jesucristo, Su Palabra y al Pueblo Santo, solo respaldados por su vanidad, arrogancia e ignorancia (Juan 15:18-19).

La lucha por la Verdad

Ojalá algún día, quienes han adoptado este tipo de vida degradante y condenatorio, entiendan que se han asociado con el bando equivocado, ese que los alienta en el error, engañándolos y llevándolos a perdición (Romanos 1:24-32), mientras rechazan a los que los únicos que les dicen la Verdad, que los aman y oran por su arrepentimiento y salvación. Los únicos que se preocupan sinceramente por sus almas y les muestran el precio final de una eternidad separada de Dios, que los llevará irremediablemente a donde será el llanto y el crujir de dientes (Mateo 13:41-43).

En consecuencia, el verdadero creyente (quien no es más que un pecador arrepentido que ha sido justificado por la sangre de Jesucristo y camina según Su voluntad) no condena a ningún otro pecador, ni lo discrimina o denigra; le presenta el Evangelio de Jesucristo como único argumento, sobre cualquier postura personal, sentimentalismo o preferencia. Sus exhortos y advertencias no son personales, se basan en lo que dice La Biblia.

Somos los únicos que no buscamos sus votos, sus firmas, sus influencias, su preferencia, su dinero o sus negocios.

Solo la iglesia del Dios vivo, columna y baluarte de la Verdad, ha quedado para presentar el problema que los pecadores (homos o héteros) tenemos ante la Justicia divina, para luego mostrar la esperanza contenida en el mensaje de la cruz, en la que abunda el perdón y la vida eterna para todo aquel que crea en Él y lo obedezca.

No hay nada más amoroso que la Verdad, que no siempre es fácil de aceptar; aunque –felizmente- Dios tendrá la última palabra.

C.C.